Son estas unas navidades atípicas. Creo que las primeras de las diez legislaturas democráticas en que se constituyen las Cortes y se forma un nuevo Gobierno de la Nación en plenas fiestas navideñas. Rajoy no dará tregua y aunque no suelta prenda sobre la composición de su Ejecutivo, los posibles ministrables no tendrán vacaciones. Tras la jura de su cargo como nuevo presidente el próximo miércoles 21, tiene previsto comunicar inmediatamente al Rey los nombres de sus ministros, que tomarán posesión al día siguiente y se reunirán en un primer Consejo el día 23.
Tenemos unas Navidades cargadas de política,  a las que no escapa tampoco la Casa Real ni el tradicional discurso del Rey que, en medio de las acusaciones contra Urdangarín, levantará más expectación en su aparición televisiva habitual de Noche Buena.
En Melilla la actualidad más cruda tiene varios frentes: El principal, el de la inmigración, que azota con dureza a nuestra ciudad y Ceuta, con la llegada constante de inmigrantes, a nado, en pateras de juguete o semijuguete, a la carrera… de formas mil y variadas, en medio de una huida constante que les permita abandonar Argelia y Marruecos, los países cordón entre el mundo del que provienen y el mundo al que aspiran llegar.
Ignacio Cembrero, en ‘El País’, publicaba el pasado domingo un articulo sobrecogedor sobre cinco madres, recién paridas en algunos casos, que se habían visto obligadas a abandonar a sus bebes en Orán para no obligarlos a soportar la travesía por el Sáhara, donde quedarían deportadas, una vez se cumplieran las órdenes de expulsión dictadas contra ellas por las autoridades argelinas.
El propio delegado del Gobierno admitía ayer que existe una bolsa de inmigrantes al otro lado de la valla fronteriza, en actitud, se supone, de encontrar un resquicio, una oportunidad para pasar a Melilla.
El CETI sigue desbordado y se hace evidente que el traspaso de poderes en España se esta abrochando por las mafias que trafican con seres humanos para preparar todo tipo de ‘asaltos’ a nuestras dos ciudades.
La policía marroquí coopera, lo ha hecho en los límites de nuestra frontera y también en los de la ceutí, impidiendo o refrenando los intentos de grupos más o menos numerosos de subsaharianos por alcanzar suelo español. Aún así hay algo más que una coincidencia entre el momento político actual en España y el aluvión mayor de inmigrantes que, a falta de un recuento último y oficial, ya anuncia que en este año la presión migratoria ha vuelto, como el pasado, a incrementarse. Todo apunta a que los efectos de los conflictos de 2005 se han ido diluyendo y que nuestros territorios vuelven a estar con carácter preferente en la ruta de acceso a Europa, por más dificultoso que resulte desde aquí dar el salto a la Península.
Claret, el delegado de Gobierno relámpago –por su corta estancia en la ciudad-, a punto ya de dejar su cargo, atribuía parcialmente ayer el mayor aluvión de inmigrantes al buen tiempo que sigue haciendo en Melilla.
Expresivo de su escaso conocimiento de la ciudad, no caía en la cuenta de que el otoño es siempre la época más agradable por estos lares, salvo alguno extraordinario –como el de hace dos o tres años si no recuerdo mal- que nos trajo un mes y pico largo de lluvias y nubarrones, al borde de desatar una depresión colectiva, por la consecuente falta de luz solar a la que los melillenses no estamos acostumbrados.
El tiempo prácticamente y afortunadamente es casi siempre el mismo en esta tierra durante esta época otoñal, más estable siempre que nuestra alocada y cambiante primavera y normalmente muy radiante durante la jornada diurna.
No puede ser el buen tiempo Sr. Claret –que reconozco puede obrar a favor de las ansias de los inmigrantes- sino otras circunstancias más concretas y menos imponderables las que andan provocando este nuevo aluvión que, de no afrontarse con medidas políticas y menos prospecciones meteorológicas, promete darnos alguna sorpresa en cualquiera de las próximas fiestas. Y es que en Melilla ya se ha demostrado que los inmigrantes o quienes los guían y dirigen en su último tránsito hacia Europa, también se han aprendido que, en las fiestas o partidos de fútbol muy señalados, hay menos personal controlando las fronteras, pero claro, para el delegado, ésta tampoco es una cuestión política sino más bien laboral que los guardias civiles deben solventar con sus mandos.