Por Salvador Burguet. CEO Asesoría de Inteligencia y Consultoría de Seguridad AICS

Durante toda la primera semana de septiembre se han producido una serie de acontecimientos en Francia y colateralmente en Bélgica, con la desarticulación de un grupo que estaría preparando atentados en suelo galo, alguno de los cuales estaba ya en su fase final.

A este respecto, se descubrió el sábado día 3 un vehículo estacionado en las inmediaciones de la Catedral de Notre Dame cargado con bombonas de gas en disposición de poder ser utilizadas como explosivo.

De manera paralela, se han llevado a cabo diversas detenciones de individuos directamente relacionados con elementos de apoyo a Estado Islámico y, quizá casualidad quizá no (más bien lo segundo que lo primero), algunos de ellos eran de nacionalidad marroquí.

Por último, el pasado miércoles 7, se desarticuló una célula terrorista en Marruecos la cual, según la versión oficial, estaría dispuesta para atentar en los resorts turísticos de Saidia, por cierto frecuentados por españoles entre otros turistas extranjeros.

Con todo esto, no puedo sino acordarme del discurso que el rey de Marruecos, Mohamed VI, pronunció el pasado sábado 20 de agosto con motivo de la celebración del Día de la Revolución y que, como cada año, implicaba la aparición del monarca en la cadena de televisión estatal.

Así pues, como cada 20 de agosto, este año Mohamed VI volvió a hacer su aparición pública y, flanqueado por su hermano, como es habitual, pronunció su discurso a los millones de marroquíes que viven en el país y, en especial a aquellos que residen allende sus fronteras. Sin embargo, a diferencia de lo que se pudo escuchar en años precedentes, en esta ocasión las palabras del monarca alauita se centraron en la amenaza que supone el terrorismo islamista, y en la necesidad de hacer “frente a la proliferación de los oscurantismos propagados en nombre de la religión, en el que todos, musulmanes, cristianos y judíos, deben constituir un frente común para contrarrestar el fanatismo, el odio y el repliegue en todas sus formas”.

Esta pequeña reseña de su discurso, nos puede dar una idea del carácter del mismo y de los términos por los que discurrió.  De manera clara, directa y precisa, Mohamed VI abogó por luchar contra el radicalismo que representa el terrorismo islamista y exhortó a todos los marroquíes que viven fuera del país a no abandonar la senda de la moderación de la que siempre ha hecho gala el reino alauita.

Sin lugar a dudas, un discurso de estas características es un hecho noticiable, interesante para aquellos que nunca han oído una forma de expresión de ideas tan contundente por parte del monarca marroquí. Sin embargo, más allá del hecho periodístico, incluso político que marca esta aparición pública, existen otros detalles, mucho más sibilinos y encubiertos en las palabras del Rey que no hacen sino dejar claro que la situación de Marruecos ha empeorado sensiblemente en los últimos meses.

Durante más de un año, la política de Rabat en relación al terrorismo islamista se puede definir con un dicho muy castizo de “nadar y guardar la ropa”. Si por un lado ofrecía una imagen de empeño con la Comunidad Internacional en su lucha contra Estado Islámico, por otro intentaba contemporizar con aquellos elementos dentro de su país más proclives a ser influenciados por la propaganda islamista.

En paralelo, sus reticencias a tener parte activa en la lucha que se está librando en Siria e Irak fue llevada hasta el límite, momento en que la presión ejercida por los países del Golfo Pérsico, con los que siempre ha mantenido muy buenas relaciones, fue tan insoportable que tanto Mohamed VI como su Gobierno se vieron obligados a enviar aviones de combate para formar parte de la Coalición Internacional que opera sobre las posiciones islamistas en Siria.

Esto provocó, casi de inmediato, que la bandera roja con la estrella verde de cinco puntas apareciese en los carteles propagandísticos preparados en ar-Raqqah, marcando a Marruecos como un enemigo más del Islam (de ese Islam particular de al-Baghdadi y los suyos) y, por lo tanto, un país más a atacar. Evidentemente esto es lo que Mohamed VI quería evitar.

Pero el problema del país, además del hecho arriba descrito, es más cercano y tangible.

Desde hace más de dos años, la política que Rabat está aplicando relacionada con la amenaza islamista ha estado marcada por altibajos, sin una progresión clara y precisa que marcase su indudable determinación a frenar el avance de los elementos radicales que casi diariamente cruzan sus fronteras en la sagrada ‘Hijra’ hacia Oriente Medio. De hecho, desde los órganos mediáticos próximos al Palacio Real de Rabat-Salé, cualquier información que pudiese indicar la existencia de elementos radicales en territorio marroquí era desmentida con contundencia.

La propia AICS, en un informe de 2014 citaba los campos de entrenamiento que existen en territorio marroquí, usados tanto por Al Qaeda como por Estado Islámico para adiestramiento de sus voluntarios, lo que le valió un duro artículo en una publicación marroquí en la cual se tachaba a la empresa de ser un “órgano de Inteligencia del Gobierno español”, algo a todas luces falso y sin fundamento alguno.  Esta forma de actuar se ha perpetuado en el tiempo, siempre buscando minimizar cualquier artículo relacionado con el islamismo radical, a la vez que se magnificaban las acciones policiales contra elementos “próximos” a grupos islamistas. Pero, como alguien dijo una vez, el tiempo es el mejor juez de nuestros actos, y poco a poco se ha podido comprobar que, ni era cierto que no existiesen campos de entrenamiento, ni tampoco los éxitos policiales eran de tan gran magnitud.

De manera paralela, y como siempre ocurre en el Reino alauita, la maquinaria de propaganda continuaba su trabajo y como colofón a la maniobra planeada para vender la imagen de contribución a la lucha contra Estado Islámico, se creó la Oficina Central de Investigación Judicial, BCIJ por sus siglas en francés, lo que pronto se bautizó como el FBI marroquí.

Con una inyección de fondos importante y la adquisición de nuevos equipos para sus agentes, se presentó esta nueva unidad policial destinada a acabar con el terrorismo en todas sus formas, y con el islamista en particular. A partir de este momento, como no podía ser de otra manera, comenzaron las grandes operaciones policiales, siempre magnificadas en los medios de comunicación, y en las que se anunciaban células y más células islamistas que eran desarticuladas (algunas de ellas con armamento de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra Civil española).

Los resultados a nivel policial no se considera que fueran de una magnitud fuera de lo común, pero a nivel mediático eran incontestables. Sin embargo, el trasfondo que se escondía detrás de toda esta operación de maquillaje era que el islamismo radical se estaba asentando en el país, que las redes logísticas que desde Europa Central atraviesan España y llegan hasta los puertos marroquíes del Mediterráneo seguían y siguen funcionando al cien por cien.

El motivo principal para esto es que las numerosas operaciones policiales, con la BCIJ incluida, se han centrado en lugares que, lejos de ser los verdaderos centros de actuación de los islamistas, son más bien puntos de impacto mediático.

De hecho, de todas las operaciones realizadas durante el último año contra elementos islamistas en Marruecos solo dos han tenido su epicentro en el norte del país. Una de ellas fue en Tetuán (7 de junio), donde se detuvo a un individuo procedente de Chad, el cual estaba realizando labores de reconocimiento de objetivos, y otra días más tarde (24 de junio) en Oujda, ciudad fronteriza con Argelia, contra una célula que se dedicaba a recopilar información de los resorts turísticos de la costa mediterránea, por cierto frecuentados por españoles y contra los cuales, ahora se ha constatado, se intentaba actuar.

Esta forma de actuación permitía a Marruecos por un lado contentar a Europa en su afán por detener el avance islamista, y por otra no exponerse demasiado a las iras de esos mismos islamistas. Básicamente nuestro vecino del sur estaba (y está) siguiendo las mismas políticas que Argelia, Túnez o Egipto, donde la negación de lo evidente ha tenido tan graves y trágicas consecuencias. No obstante, en el caso de Marruecos la ventaja de su posicionamiento geográfico, con Argelia haciendo de colchón, le ha permitido vivir un poco más tranquilo que los países citados.

Negar que en Marruecos existan elementos radicales es, cuanto menos, un pretencioso disparate, una negación de la realidad que solo provoca una deficiente lucha contra esos elementos potencialmente peligrosos. De la misma manera, hacer oídos sordos y cerrar los ojos ante la evidencia de que existen zonas en las que la presencia de islamistas es más que significativa es irresponsable y peligroso.

Con su discurso del pasado día 20, Mohamed VI dejó entrever, para aquellos que han sabido entender el simbolismo de sus palabras, es decir para los que han escuchado y no solo oído, que la situación está comenzando a ser preocupante.

Que algunos de los que están llevando a cabo acciones en Europa, véase Francia, Bélgica o Alemania, así como muchos de los detenidos en estos países por su vinculación con el terrorismo islamista procedan de Marruecos es significativo y de esta manera lo dejó ver el propio Monarca.

Si la consecuencia de este discurso es una intensificación de las medidas de lucha contra el terrorismo islamista, en especial sus cadenas logísticas, se podrá decir que Marruecos, aunque tarde, ha reaccionado. Sin embargo, porque los hechos hasta ahora no marcan esa dirección, es dudoso en este momento pensar que ese cambio tan radical vaya a producirse.

El motivo principal reside en el falso entendimiento de “estar seguros” que le proporciona la distancia, aunque relativa, a los centros de acción de los grupos islamistas. Además, y quizá como razón de peso para decantar esa laxitud operativa en ciertas regiones, no se puede olvidar que existe la errónea percepción de que la existencia de elementos islamistas en la frontera con Argelia perjudica a su eterno enemigo, buscando con ello dar respuesta al apoyo, presuntamente oficial desde Argel, al Frente Polisario y su reclamación de independencia del Sahara.

Lo que no puede pretender Marruecos, y parece que el discurso de Mohamed VI deja entrever esta equivocación táctica, es erigirse como el único que ha sabido manejar el problema islamista y reconducirlo para beneficio propio. Eso sería un gravísimo error del que, colateralmente, Europa sufriría las consecuencias. Para los grupos radicales, principalmente Estado Islámico, cuando un país se convierte en objetivo es con todas las consecuencias y, por lo general, solo entiende un punto final “dominación o muerte”.

Solo añadir un último detalle del que parece ser que Rabat se olvida, su problema no es Estado Islámico, sino el terrorismo islamista en todas sus formas porque, por ahora la única organización que ha actuado en el Reino alauita ha sido Al Qaeda y parece que eso se está dejando de lado. El poder que la organización liderada por al-Zawahiri tiene en la región sobrepasa con creces el que tienen los efímeros y débilmente constituidos grupos de Estado Islámico, representados por Jund al-Khilafa. Luchar contra estos últimos da imagen, podríamos decir que está de moda, pero quizá la guerra en Marruecos tiene otro protagonista que no dirige sus operaciones desde Siria sino desde el sur de Argelia.

En definitiva, el discurso de Mohamed VI, además de los aditamentos periodísticos por cuanto de noticia tiene, alberga un mensaje más profundo, serio y claro de la situación del país y de lo que un futuro relativamente cercano puede deparar si no se toman las medidas adecuadas. Esperemos que sus palabras sean más que oídas, escuchadas por aquellos que tienen que tomar las riendas del problema.